
La fundación de la Villa de Nuestra Señora de la
Asunción de las Aguas Calientes tuvo lugar como producto
de los continuos ataques de indios chichimecas a las conductas
que desde 1546hacían el trayecto de las minas de Zacatecas
hacia la Ciudad de México. Se dice que el primero en cruzar
por la comarca fue el Capitán Pedro Almíndez Chirinos
en 1531, en misión de conquista, según Angel Ochoa,
o de reconocimiento, según Topete del Valle, de acuerdo
con instrucciones del tristemente célebre Nuño de
Guzmán. Desde luego que no existían asentamientos
permanentes por el sitio, sino campamentos estacionales y continuos
peregrinajes indígenas hacia centros ceremoniales
ubicados en los actuales Teocaltiche, Juchipila y El Teúl.
Al incrementarse el tránsito de españoles luego
de descubrirse las vetas zacatecanas, aumentaron a su vez los
ataques de las bandas guachichiles, por lo que la Corona decidió
establecer una villa "que en sus principios fue más bien
un fuerte" o resguardo defensivo, cuyo crecimiento se vio
favorecido por la fama de las aguas termales que brotaban cerca
del lugar, a media legua de distancia. Poco antes de la fundación
del Fuerte, que tuvo lugar después de 1570, habían
habitado un sitio cercano (en el actual Barrio de El Encino) unos
hortelanos de la Villa de Santa María de los Lagos, hacia
1564-65, encabezados por Hernán González Berrocal,
gracias a mercedes de tierras concedidas por la Corona, quien
deseosa de fomentar el desarrollo de la agricultura para el abastecimiento
de las minas zacatecanas, promovió con generosidad la cesión
de tierras casi a quienes la solicitaran; al cabo de unos años
el asentamiento al parecer se extinguió sin que se sepa
a ciencia cierta la causa, aunque se especula que pudieron haber
sido incursiones de indios chichimecas o bien el terrible "matlazáhuatl",
o epidemia de viruela. Con la construcción del Presidio
y la fundación oficial de la Villa por cédula real
concedida el 22 de octubre de 1575, el sitio se fue perfilando
en su traza desde sus primeros momentos; sin embargo, como nos
relata Bernal Sánchez, citado por Ochoa, andando
el tiempo no hubo más adelanto en aquella, puesto que sólo
"pocas casas se veían entre el bosque de mezquites, sin
formar calles, con excepción de la (que hoy es) [sic]
del Apostolado, donde vivían Juan de Montoro, sus compañeros
Cueva y Alarcón, la familia de Alonso Dávila Saavedra
y un fraile franciscano llamado Gabriel de Jesús".
Al parecer, esta es la noticia más antigua de que se dispone
al momento en relación a la incursión o estancia
de algún fraile en Aguascalientes. Con la fundación
del convento de la Limpia Concepción de Zacatecas, ordenada
en el Capítulo de 1567, culmina la oleada de misiones que
luego probablemente darían pie al establecimiento de una
visita en la Villa de Nuestra Señora de la Asunción
de las Aguas Calientes. Topete del Valleseñala que para
1575 se había establecido ya una ermita o capilla, dedicada
a San Sebastián, en algún punto cercano al Camino
Real a Zacatecas, cerca de la plaza principal. Desafortunadamente
no ha podido definirse el carácter de tal establecimiento,
aunque por su circunstancia puede deducirse que quizá se
tratara de un simple adoratorio perteneciente a la casa sede de
la Custodia franciscana de Zacatecas. Alfonso Reséndiz,
por su parte, ilustra en planos hipotéticos la existencia
de una ermita casi en el cruce de los caminos reales a México
y a Teocaltiche, hacia 1570. Cualquiera que sea el caso, lo cierto
es que lo anterior indica cómo fue surgiendo el proceso
específico y peculiar de la evangelización por estos
lugares. Hay que recordar, y no es ocioso hacerlo, que se trataba
fundamentalmentede un asentamiento de peninsulares y de criollos
-de ahí su carácter de Villa-, y que los escasos
pueblos de indios de la región no eran originarios
de ésta, dado que surgieron como asentamientos derivados
de la estrategia relativa a los "pueblos de indios de paz"; en
todo caso no serían sus miembros en cantidad tal
que demandara una doctrina de indios, de tal suerte que
un convento en Aguascalientes, del estilo de los conventos-fortaleza
del sur, parecía a todas luces innecesario, por lo menos
en el siglo XVI. Los sacramentos, suponemos, serían administrados
por algún fraile residente (¿Gabriel de Jesús?)
y las precarias construcciones habrían tenido, como sugerimos
líneas arriba, la calidad de visitas. Para 1609 ya existía
cura en la Villa, en la persona de Don Bartolomé Rodríguez
de la Vega, por lo que es de suponerse que las tareas de administración
sacramental a los vecinos recayó en manos de este personaje.
No fue sino hasta 1604 que con certeza se tiene noticia de la
creación del pueblo de indios de San Marcos, a menos de
media legua de la villita, contraviniendo por cierto las
Ordenanzas de Población, y que sus miembros habrían
levantado una modestísima capilla para los diversos oficios
religiosos. Desconocemos quién habría atendido éstos
últimos y a qué adscripción hubiesen pertenecido,
si al clero regular o al secular, por lo que no podemos ofrecer
más elementos al respecto. Lo que sí es seguro es
que, al quedar fuera de la jurisdicción de la villa, San
Marcos no pudo gozar de la administración de los sacramentos
por los frailes o clérigos de aquélla.
En el asentamiento criollo, para las primeras décadas del
siglo XVII, los servicios religiosos recayeron preferentemente
en manos del clero secular, una vez que por fin, al menos
en el entorno inmediato, habían sido relativamente pacificados
los indígenas de las inmediaciones. Por lo anterior resulta
natural preguntarse: ¿qué circunstancia determinó
la fundación de un convento a extramuros de la Villa, que
para aquél entonces apenas si alcanzaba la actual demarcación
del conjunto de San Diego? En este punto no podemos sino especular;
parece indiscutible, sin embargo, que la fundación
de un monasterio, o lo que sea que fuere en sus orígenes
la casa de religiosos carmelitas que constituyó el núcleo
original del Convento franciscano de San Diego, obedeció
a las necesidades propias del fervor religioso del siglo XVII,
que, como sabemos, fue sustancialmente diferente a la religiosidad
practicada en el siglo de la cruzada evangélica.
De esta suerte, entonces, podemos establecer dos condiciones históricas
a la base del surgimiento del convento de San Diego: a) por un
lado, la ausencia de comunidades indígenas autóctonas
asentadas fijamente en el territorio pudo haber determinado y
dado curso a un tipo de evangelización en despoblado, bien
orquestado en el aspecto operativo pero, como afirma Román
Gutiérrez, falto de reflexión sobre las condiciones
del nómada del desierto, cuyo fracaso relativo, b) por
otro, puede observarse más en el desarrollo de las
vocaciones criollas en los centros urbanos del occidente y norte
novohispano en el siglo XVII -como en el caso de la Villa de Aguascalientes-,
que en la fundación de doctrinas de indios. Para comprender
esto, detengámonos un poco en el punto de la religiosidad
del XVII.
Para el siglo XVII las condiciones de la Nueva España eran
diferentes. La colonización estaba concluida -por lo menos
para el actual territorio del país- y era necesario echar
a andar el mecanismo de la economía y la sociedad novohispana
con un impulso propio, distinto del que en los primeros momentos
de la conquista había representado el aprovechamiento de
las instituciones indígenas, y distinto también
del reportado por la implementación del sistema de encomiendas
y repartimientos. Ahora se trataba de construir los cimientos
de una sociedad con una dinámica más propia y cercana
a las aspiraciones de una clase social en ascenso: la de los comerciantes,
si bien sus actividades seguían inscritas en el marco de
su sujeción a los intereses de la Corona. El nuevo contexto
económico, dictado por las pretensiones de poder de una
burguesía comercial predominantemente urbana, devino en
cambios sustanciales en la mentalidad de la época, sobre
todo en el aspecto de la religiosidad. Un primer tópico
debe ser destacado, y éste fue el de la progresiva secularización
de la sociedad y del aparato eclesiástico; en efecto, al
lado del surgimiento de cierto "inmanentismo material" consonante
con los valores prohijados por la nueva clase social, se observaba
la idea de la redención del pecado por la vía del
valor moral que adquirieron por entonces las obras pías.
La piedad barroca conjugaba el sentido de dramatismo con el de
la teatralidad ostentosa; así, el prestigio social devino
en un factor de primera línea en la explicación
de las profundas transformaciones que tuvieron lugar en el ánimo
devocional de la nueva clase en formación. Paralelamente,
la iglesia secular secundó y facilitó este estado
de cosas desde el momento en que por su propia pugna con las órdenes
mendicantes había secularizado los conventos y posesiones
de éstos, en un afán de contrarrestar el enorme
poder moral y económico que habían acumulado.
Ganada esta lucha, las vocaciones de este cristianismo pragmático,
propio de la nueva clase social, pudieron desarrollarse; bajo
la promoción y protección de las autoridades del
clero secular, se incrementaron las devociones particulares a
ciertos personajes de la hagiografía cristiana, lo que
trajo importantes consecuencias para el mundo novohispano.
Es en esta línea, pues, donde se enmarca la nueva religiosidad
del XVII, aspecto en el que nos detendremos un poco más.
Por razones relacionadas con las necesidades de la evangelización,
las principales devociones del siglo XVI se orientaron a destacar
las figuras de los mártires y santos varones de las diversas
órdenes, así como las figuras del Cristo redentor,
de los apóstoles y los arcángeles, mientras que
en el XVII se difundió el culto por santas americanas y
por diversas advocaciones marianas, entre ellas, y sobre todo
entre los franciscanos (desde el siglo XVI), la de la Inmaculada
Concepción (la Tota Pulchra), que fue una de las más
importantes de la Nueva España. De hecho, las órdenes
religiosas tuvieron y desarrollaron su propia iconografía
y hagiografía a partir del siglo XVI, por lo que no es
de extrañar su introducción al ámbito novohispano.
Si a lo anterior añadimos las condiciones de la religiosidad
pietista del diecisiete y del dieciocho, el resultado nos podría
dar una idea bastante fiel del cuadro en el que se desarrolla
la devoción inmaculista en la Colonia, en donde "...pronto
se fundaron conventos para la formación de las vocaciones
criollas" (formación religiosa, sacerdotal y misionera
de jóvenes de las distintas órdenes). La Villa de
Aguascalientes no fue la excepción. Al rayar la primera
mitad de la décimo séptima centuria, entre los notables
del lugar y las autoridades del clero regular debióse sentir
la necesidad de fundar un convento que expresara la especial devoción
de ciertos sectores hacia determinados cultos marianos, y que
a su vez respondiera a la creciente necesidad de servicios religiosos
para una villa en expansión. Es así que, no obstante
la imposición derivada del Tercer Concilio Eclesiástico
novohispano, de 1585, relativa al despojo y secularización
de los conventos en poder de las órdenes religiosas, la
generosidad o el afán de prestigio social de ciertos personajes
llevólos a fundar casas en las cuales desarrollar aquellas
"vocaciones criollas". No es improbable que ese haya sido el caso
del Convento carmelita de las Aguas Calientes.