En
la región, por razones históricas que no nos atañe
reseñar, desde el siglo XVI dos fueron las devociones más
favorecidas y en honor de las cuales fueron fundadas villas españolas
y levantado templos monumentales: la de la Inmaculada Concepción
y la de la Asunción. Tanto la Villa de Aguascalientes como
la de Santa María de los Lagos erigieron sus respectivas
parroquias a la advocación mariana de la Asunción,
mientras que la Villa de San Juan de los Lagos lo hacía a
la advocación de la Inmaculada, que no sólo fue venerada
por el clero diocesano, sino muy señaladamente por el clero
regular y particularmente por los franciscanos. Algunos conventos
o capillas de haciendas de la región tenían como patrona
precisamente a ésta última (por ejemplo, el Templo
de la Hacienda de Ciénega de Mata). Incluso hasta podría
hablarse de cierta "competencia" entre las devociones por parte
de ambos cleros, en términos de la primacía de una
u otra advocación mariana.
Aquella religiosidad pietista de la que hablábamos
líneas arriba caló hondo, pues, entre los espíritus
de los piadosos hombres de la pequeña Villa de Aguascalientes. Así
lo atestiguan los diversos recintos para las devociones dieciochescas que
desde entonces engalanaron la ciudad: la Parroquia dedicada a la Virgen
de la Asunción, el Templo de San Marcos, el Santuario de Guadalupe,
el Templo de San José, el del Señor del Encino, el del Rosario
y el de San Juan Nepomuceno, todos del siglo XVIII. Y desde luego, el grupo
integrado por el Templo y Convento de San Diego y la Iglesia de Tercera
Orden. Gracias a la especial devoción de Don Juan Francisco Calera
por la Purísima Concepción, fue posible la erección
del Camarín de la Virgen, sin duda uno de los más hermosos
monumentos dieciochescos por la belleza de sus formas y sus proporciones,
y por su inusual disposición en planta, que lo hace único
no sólo en la región sino en todo el país.
¿Quién era Juan Francisco
Calera?, ¿qué circunstancias lo llevaron a donar una obra
tan onerosa?, de dónde provino su fortuna? Son todavía insuficientes
los datos sobre este personaje, pero son lo bastante justos como para reconstruir
su circunstancia personal e insertarla dentro de procesos más generales
de la sociedad novohispana del siglo XVIII, fundamentalmente dos: el fenómeno
del patronazgo de obras pías, y el de la formación de una
burguesía comercial de origen peninsular en la Nueva España.
En efecto, Juan Francisco Calera no sólo era síndico del
Convento de San Diego y patrón material del Camarín de la
Virgen, sino comerciante peninsular y más tarde capitán y
teniente coronel de las milicias de Dragones de la Nueva Galicia. Con toda
probabilidad fue un personaje de algún caudal en la Villa
de Aguascalientes. ¿Cómo fue su proceso? Recurramos
a D. Brading, a quien retomamos con amplitud en estos párrafos y
quien nos proporciona un marco adecuado para ello:
Los siglos XVII y XVIII, como ya habíamos
tenido ocasión de apuntar, son los siglos del encumbramiento de
un nuevo tipo de ser social: el "burgués novohispano", si bien Brading
observa que en realidad "no existía un sistema de clases claramente
definido". Dejando por ahora la discusión de si la élite
comercial, la jerarquía católica y los mineros constituían
en rigor una clase social, lo cierto es que había una "mal definida"
clase alta formada "enteramente" por españoles, reconocida por su
riqueza, por su ocupación, privilegios de sangre, educación
y costumbres españolas. Para Brading, conformaban una élite
aunque un tanto inestable como grupo, al grado que, en palabras de Lucas
Alamán -citado por el autor- cuando la riqueza fenecía el
individuo "volvía a caer en la clase común..." La mayoría
de los españoles peninsulares residentes en la Colonia pertenecían
a esta élite, y de entre éstos, los más numerosos
eran los comerciantes, que llegaron a gozar de un prestigio social igual
al de los hacendados, al nivel tal de alcanzar a ser "sujetos de crédito"
para la compra de títulos nobiliarios. Sus actitudes, decía
el Virrey Marqués de Mancera (citado por Brading), "...se acercan
mucho a la nobleza, afectando su porte y tratamiento (...) puede suponerse
que en estas provincias por la mayor parte el caballero es mercader y el
mercader es caballero".
Muchos de ellos comenzaron a trabajar como
aprendices de comerciantes o como cajeros (denominación común
por aquellos días), y la mayoría eran inmigrantes que venían
de las montañas del norte de España, sobre todo en el siglo
XVIII, de lugares como la Cantabria, de Navarra, Asturias, montañas
de Burgos y Galicia. En este siglo pronto se formaron dos grandes grupos
de inmigrantes: los vascos y los montañeses de Santander. Lo curioso
es que eran campesinos empobrecidos que probaron fortuna primero en Castilla
y más tarde allende los mares, y que ostentaban una característica
peculiar: su lealtad al terruño, acentuada por su propensión
a mostrar una particular devoción religiosa o caritativa. Ambos
grupos, dice Brading, tenían pretensiones nobiliarias y pasión
genealógica, y parece ser que en el norte de España, y en
Guipúzcoa particularmente, "todo el mundo era hidalgo". Concluye
el autor: "no eran en muchos casos más que campesinos cuya pobreza
empujaba a sus hijos a la emigración en busca de fortuna". Pero
en la Nueva España la incertidumbre del origen desaparecía,
ya que aquí los españoles eran considerados hidalgos por
regla general y además, como conquistadores, reclamaban una posición
superior. A todos los gachupines, decía Ajofrín, citado por
Brading, "...se les da de don y se les trata con gran respeto, teniéndose
por nobles, sea de la clase que quiera, pues sólo ser europeo basta"
Una vez instalados en la Nueva España,
estos hijosdalgo comenzaban como aprendices o cajeros en los establecimientos
de parientes, frecuentemente sus tíos o algún paisano de
su mismo valle o provincia, y vivían bajo un sistema "casi monástico",
lo que iba muy a tono con sus profundas convicciones, ya que "viéndose
en un medio irresponsable en el que abundan los borrachos y la pereza,
los inmigrantes fortalecían la conciencia de su superioridad mediante
su profunda devoción religiosa y con la consolidación
de sus fortunas". Puede argüírse que dos factores clave originaron
el éxito de estos individuos: el comercio y el matrimonio; así,
al cabo de su aprendizaje, su patrón -que era su pariente- los convertía
en socios o establecían su propio negocio con capital de aquél
o con mercancías a crédito, otorgadas por el propio pariente;
asimismo, tenían "preferencias" en el "mercado del matrimonio",
ya que los patrones casaban a sus hijas con los sobrinos venidos de España
para así continuar con el negocio, o las viudas de aquéllos
se casaban con éstos últimos para el mismo fin. Esto daba
a esta élite un carácter mercantil y empresarial semihereditario
y prácticamente endógamo. De hecho, "...la inclinación
de las criollas a casarse con peninsulares explica parcialmente la frecuencia
del éxito económico del inmigrante" (hasta aquí, Brading).
Juan Francisco Calera era hijo de Don Juan
Calera y de Doña Lucía de Obregón y Arce. Al momento
presente aún no hemos podido encontrar documento alguno del origen
preciso de esta familia, pero es muy probable que efectivamente tuviera
sus antecedentes en una familia norteña, dado que uno de los primos
de Don Juan Francisco, llamado Tirso Antonio Calera, era natural y vecino
del lugar de Sano, en el Valle de Carriedo, montañas de Burgos,
Obispado de Santander, Reino de Castilla La Vieja. La primera noticia directa
que disponemos de este personaje, del Fondo de Protocolos Notariales, lo
ubica en el año de 1780 como "vecino y del comercio" de la Villa
de Aguascalientes, en la que mediante escritura "da todo su poder cumplido,
vastante" al Lic. Don Félix Vicente de Silva, abogado de la Real
Audiencia (suponemos que de Guadalajara), para todos sus "pleitos causas,
y negocios, civiles, eclesiásticos y seculares". Lo anterior nos
conduce a pensar que ya para entonces nuestro personaje estaba perfectamente
establecido en la ciudad y que con toda seguridad se trataba de un individuo
de alguna importancia, a juzgar por el contenido del poder especial otorgado
en aquella escritura y por otra que otorgó en el mismo año
a Don Juan Antonio Gómez como representante suyo en la Ciudad de
México.
Juan Francisco era hermano de Pedro Manuel
Calera, importante comerciante y en algún momento administrador
de alcabalas de la villa hacia 1768, de quien tenemos noticia en el Archivo
Histórico desde el año de 1764. La información que
proporciona el Fondo de Protocolos Notariales del Archivo Histórico
del Estado de Aguascalientes para estos dos personajes no nos deja lugar
a dudas de su relativa importancia dentro del comercio de la villa y del
valor de sus respectivos caudales, que con toda seguridad fueron en crecimiento
a juzgar por las múltiples operaciones de compra-venta de inmuebles
y otros rubros. No estamos en condiciones de afirmar todavía si
los hermanos Calera fueron de aquellos comerciantes venidos a la Nueva
España a probar fortuna, pero en todo caso podemos tener por cierto
su origen peninsular, dado que en la escritura de poder que otorgó
a su primo Tirso Antonio Calera, Juan Francisco le solicita a éste
"pida, y haga sus Informaciones de Hidalguia, y Nobleza". Cómo y
cuándo llegaron a la Colonia y a la Villa de Aguascalientes es cosa
que todavía desconocemos. Tenemos que partir del hecho de su establecimiento
en la ciudad y de que sus negocios les habrían reportado suficientes
ganancias como para alcanzar una fortuna de alguna importancia, aunque
todavía no tenemos elementos para saber si la fortuna de Juan Francisco
podía ubicarse entre las 12 más dilatadas que por el año
de 1789 consignaba José Menéndez Valdés para el caso
de la villa de Aguascalientes. Con seguridad, el caudal y la influencia
de nuestro personaje tuvieron que ver en su nombramiento como Síndico
del Convento de San Diego, del que ya fungía como tal por lo menos
desde 1792.
De la devoción tan profunda de Juan
Francisco por la Inmaculada nos da cuenta su donación para la construcción
del "suntuoso" Camarín en la parte posterior del presbiterio del
Templo de San Diego. Sobre la autoría del patrocinio material no
puede existir ya duda alguna: la obra fue debida a la generosidad del personaje,
como lo prueba la siguiente cita:
"Que por la grande Devocion, y crecido afecto
que ha tenido siempre a Maria SSma en su Inmaculada Consepcion le ha construido
a expensas de su caudal a esta Soberana Reyna un magnifico Camarín
en el Combento de Religiosos Descalzos de San Diego en esta Villa..."
Al respecto, Ochoa recoge una información
de documentos del archivo conventual de San Diego de Aguascalientes, de
fecha 5 de julio de 1799, y de la sala Capitular de San Diego de México,
de mayo 24 del mismo año, que recogemos ampliamente:
"Por cuanto la grande y devota generosidad de
Vmd. ha construido dentro de los muros del mismo Convento un magnífico
Camarín desde sus cimientos, no tan sólamente de su propio
peculio, sino también de su personal asistencia, dirección
y cuidado y ha verificado su completo adorno para todo lo cual ha erogado
más de treinta mil pesos sin permitir se colectase ni un medio real
de limosna y para satisfacer Vmd. los abrasados deseos de su fervorosa
devoción ha fabricado de rico y vistoso alabastro el ciprés
de su Nicho, de sus frentes en la una existe el tabernáculo del
Santísimo Señor Sacramentado de la Iglesia del referido Convento
en beneficio de cuyo lustre honor y utilidad Vmd. se ha servido manifestarse
siempre sumamente apasionado; Por tanto, concediendo con la piadosa solicitud
de Ud. le declaramos y nombramos en quanto se extienden todas nuestras
facultades y de derecho podemos, por Patrono único y legítimo
y a sus desendientes del citado Camarín y que como tal patrono pueda
poner en él su Estatua, el Escudo de sus armas y silla para su asiento.
Así mismo que la Sagrada Imagen de la Purísima Concepción,
se haya de voltear acia el Camarín (proporcionando la comodidad
para ello) al tiempo de celebrarse Misa que la devoción de Vmd.
ha dotado para todos los Sábados y para las Cuatro festividades
principales de la Soberana Reyna con tal que no este expuesto el Divinísimo
Señor Sacramentado o se haya de selebrar Missa conventual, sin que
pueda estorbarlo Religioso alguno Subdito prelado inferior a Nos".
Otras prerrogativas fueron concedidas a
Calera: sepultura a él y su esposa "si Vmd. tubiere a bien contraer
matrimonio", y misa de Réquiem para después de sus días.
Y en fin, en uno de los cintillos por debajo de la majestuosa cúpula,
en el entablamento cilíndrico soportado por las columnas, se lee:
"EL DIA 2 DE SEPTIEMBRE DEL AÑO DE
1792 SE DIO PRINCIPIO A LA FABRICA DE ESTE CAMARIN QUE SE CONSTRUIO
A ESPENSAS DEL CAUDAL DEL CAP. DON JUN FRANCISo. CALERA SINDICO DE ESTE
COMBENTO QUIEN LO DEDICO A LA PURISIMA YMMACULADA CONCEPCION DE MARIA SANTISIMA
SEÑORA NUESTRA Y SE CONCLUIO EL MES DE ABRIL DE 1797".
Y sobre la puerta principal que comunica
al Camarín con el actual convento puede leerse:
"Bendijo este Camarín, el Yllmo. S. D.
D. Juan , Cruz, Ruiz, Cabañas. Dmo. obpo. de Guad. en 5 de Enero
de 1799".
Sobre la otra puerta, contraria a la anterior,
se lee también:
"Y Celebró la primera Misa, en ella, ords.
mens. y de Epista. en un individo. el siguiente día 6 de Enero de
1799".
Inscripciones que revelan sin género de
duda la personalidad del donador y benefactor material, así como
el patronazgo del Monumento, propio de la piedad barroca.
Hasta
hoy sigue siendo polémica la autoría de la construcción
del Camarín. Fuera de le evidencia incontestable del maestro
alarife Santiago Medina como autor material, según la inscripción
que se encuentra en uno de los pilares del pasillo que separa
al Monumento de las instalaciones del actual convento, se ha atribuido
tradicionalmente -más bien literariamente, sin fuente histórica
alguna- la autoría intelectual a Francisco Eduardo
Tresguerras y a Manuel Tolsá, por igual. Como creemos haber
demostrado -a menos que por autoría intelectual se entienda
la influencia que el primero pudo haber tenido sobre Santiago Medina-,
esas informaciones son inexactas. En estas líneas procuraremos
ofrecer elementos para reivindicar la figura del modesto artífice,
a quien no escatimamos su intervención en el diseño
-y no sólo la construcción- de dicho Monumento.
El diseño general del edificio se ciñe
a los modelos de la arquitectura clásica y su solución a
las normas de composición regidas por trazos de proporcionamiento
armónico, a juzgar por la belleza de sus proporciones y la claridad
con que los diversos elementos arquitectónicos se disponen en el
espacio. De hecho, la planta del edificio sigue el mismo patrón
proporcional y el mismo perfil interior del Panteón de Roma, salvo
por las adecuaciones necesarias por la función distinta que el Camarín
desempeñaba, y por sus diferentes dimensiones. Esto no era de extrañar
entre los artesanos y artistas de los siglos XVI, XVII y XVIII, quienes,
ante la imposibilidad de conocer sus modelos en el sitio de su ubicación,
recurrían a los grabados que llegaban de Europa en las ediciones
que circulaban con alguna profusión por aquel entonces. Ello no
demeritaba en modo alguno el trabajo de los artífices locales, por
el contrario lo realzaba, dado que aquí se infundía al diseño
las propias aspiraciones, anhelos e inventiva de sus creadores. Y ahí
queda el barroco estípite como primer ejemplo. Desde luego no era
improbable, como lo argumentaremos en otro apartado, que Santiago Medina
conociera los tratados de Serlio y que en ellos haya visto plasmados los
planos del Panteón Romano, inspirándose en los mismos para
la construcción del "suntuoso Camarín" de la Inmaculada.
Por lo demás, como se ha dicho, la época era muy propicia
en cuanto al rescate de las tradiciones clásicas, incluso entre
los mismos maestros alarifes.
Sin embargo, hemos constatado que
en el Camarín coexisten armónicamente elementos barrocos
junto a los patrones geométricos de la arquitectura académica,
que señalamos obedecen a la hipotética ambivalencia
de la formación de Santiago Medina, a la imposición de Juan
Francisco Calera, dadas sus devociones pietistas y plenamente barrocas,
o a ambas cosas. El diseño clásico, reiteramos, se explica
por la entronización de la ideología regalista y racional
promovida por las Reformas Borbónicas, mientras que el ornato barroco
presente en algunos elementos nos habla del concepto patrimonialista ligado
a la Iglesia. Así, los accesos al Camarín presentan portadas
de pleno movimiento, y no sólo por el perfil circular del edificio,
sino por su propio impulso, retorciéndose voluptuosa la cantera,
denotando un excelente trabajo en su labrado. Dichas portadas presentan
rasgos asociados al barroco estípite, como por ejemplo las guardemalletas
de los apoyos, los roleos a la manera de rocallas, las pilastras estípites
en las que se acusa el círculo apendicular muy propio de la arquitectura
de Felipe de Ureña; en fin, un trabajo refinado que sin embargo
contrasta con el de otros elementos del interior del Camarín, en
donde la piedra acusa cierto labrado tosco pero efectista, que denota con
alguna seguridad la presencia de varios canteros bajo la dirección
de Santiago Medina. Nos referimos particularmente a las ménsulas
que soportan las basas de las columnas. En dichas
columnas, incluso, se observan diferentes
trabajos -probablemente a destajo-, evidenciados por las distintas dimensiones
de las piezas que conforman los fustes. Lo mismo podría decirse
de las guirnaldas que adornan los capiteles y el entablamento, cuya talla
presenta desigualdades difícilmente aceptables para la racionalidad
técnica de los académicos. Lo anterior no demerita
en modo alguno el excelente resultado de conjunto del monumento, cuyo secreto
estriba en la belleza de sus proporciones.
LLama la atención un par de estípites
que enmarcan la ventana que mira hacia el norte. Son de claro diseño
"ureñano", lo cual se evidencia nuevamente por la presencia del
círculo apendicular y cierto carácter
"delineado", dibujístico -en todo caso antinaturalista- de
su perfil. Sobre las puertas de ingreso, por el interior del Camarín,
se observan sendas veneras casi en forma de nicho que delatan su procedencia
barroca. El resto de la decoración es de clara filiación
neoclásica o bien con rasgos acentuados provenientes de la arquitectura
de Lagos de Moreno, salvo por los retablos barrocos que alojan a la parentela
cercana a Jesús, cuyo diseño recuerda ciertos parámetros
pertenecientes al neóstilo, al descubrirse dos rasgos esenciales
de esta modalidad: el fuste liso de las columnillas que enmarcan los cuerpos
de diseño clasicista, y los elementos entre ellas, que remiten a
ciertas soluciones interestípite que a su vez sugieren la
persistencia de los códigos de la arquitectura "posbalbasiana",
fundamental en la atribución de las obras neóstilas.
Asimismo, como ya habíamos tenido
ocasión de apuntar, la linternilla es de diseño netamente
neoclásico, ornada con pináculos perimetrales y una balaustrada
bien proporcionada, aun cuando el remate superior acuse cierto barroquismo
en las "costillas", terminadas con roleos en sus extremos. El contorno
mismo del cupulín de la linternilla sugiere una solución
igualmente barroca, ya que se delinea a partir del arco llamado conopial.
La majestuosa cúpula, en cambio, evidencia un perfil y diseño
enteramente racional por cuanto parece obedecer a un trazo geométrico
perfectamente definido y a cálculos precisos.
Con todo, nos guardamos de considerar al
monumento como neóstilo sin más. Según María
Cristina Montoya, el neóstilo, como "último intento de supervivencia
del barroco", orienta su espíritu hacia "directrices más
dinámicas", aunque -y he
aquí la paradoja-, dentro
de los límites de la
órbita barroca, particularmente de la arquitectura "posbalbasiana"
o "posureñana". Manrique sostiene que su apogeo se da en dos momentos:
entre 1770-75 y 1790-95. Las portadas neóstilas se carecterizan
por presentar "...columnas o a veces, pilastras clásicas de fuste
liso o estriado", sin embargo, son barrocas porque "casi nunca cumplen
totalmente su función sustentante y cuando lo hacen no van seguidas
de todos los elementos de un entablamento". Según la misma autora,
las "contadas excepciones" de plantas y estructuras no inmóviles
se dieron en la etapa que ella denomina "ultrabarroca", siendo por el neóstilo
que se introdujo una importante novedad: "al mover las plantas y alzados,
se crearon diferentes ambientes arquitectónicos donde se consiguieron
efectos de iluminación y movimiento nunca antes vistos". El Camarín
de San Diego podría ser uno de esos edificios, aunque, insistimos,
no nos resolvemos totalmente por considerarlo neóstilo, dadas sus
extraordinarias peculiaridades.
El
exterior presenta sólidos y robustos contrafuertes para contrarrestar
el empuje de la grandiosa cúpula; en su cuerpo bajo sobresalen
generosas claraboyas para permitir la iluminación a ese nivel,
mientras que la linternilla presenta vanos de trazo muy clásico
por los que se filtra la luz al interior de la cúpula. Bajo
el nivel del Camarín se localiza la cripta o "catacumbas"
que han dado fama al edificio y, a su vez, bajo el nivel de la cripta,
por informaciones de los frailes sabemos que existe un antiguo cementerio,
actualmente cegado.
Se han logrado identificar tres etapas
constructivas en el desarrollo de la edificación del Camarín.
La primera corresponde a la construcción de las gelerías
subterráneas del cementerio y la cripta, obra que habría
sido terminada hacia 1768-69, según informaciones de Topete
del Valle, lo que apuntala nuestra hipótesis general de la procedencia
barroca original del recinto. En la cripta se hicieron modificaciones -fundamentalmente
en la decoración- en agosto de 1954, según consta en una
inscripción que se localiza encima del arco apuntado del acceso
desde el actual convento.
La segunda etapa constructiva corresponde
a la edificación de la estructura portante de muros y contrafuertes,
que debieron haberse levantado entre 1792 y 1794, a juzgar por una inscripción
localizada en el dintel de la puerta de la escalera de caracol que sube
al deambulatorio superior, y en la que sólo se consignan tales años
sin más dato alguno, pero que es indicativa de que para entonces
ya se contaba con este primer cuerpo del edificio. Por su estado de conservación
y por análisis preliminares que se han hecho en los muros y contrafuertes,
puede afirmarse que la piedra utilizada en ellos es de bastante buena calidad,
dado que al momento la estructura no presenta ningún deterioro de
importancia; desafortunadamente no se localizaron indicaciones de los bancos
de material de los cuales se extrajo dicha piedra.
La tercera etapa constructiva correspondería
a la fábrica de la cúpula y presumiblemente ocurriría
entre 1794 y 1795, a juzgar por una nota del Guardián
del Convento de aquella época, que a la letra dice:
"En quatro de Agosto de 1795 sepuso la cruz del
simborrio en el Camarín q esta haciendo asu costa sin alluda del
convto. ni otra alguna persona, Dn Juan Franco Calera, Capitan y Sindico
de este convto. a quien concedió el Rdo Definitorio por sus letras
Patentes, como a Patrono segun las leyes de Castilla, entierro para sí,
susesores, y parientes colaterales".
Por evidencia de la composición
de la piedra utilizada en la cúpula, podría afirmarse que
ésta era inferior en calidad a la piedra usada en muros y contrafuertes.
Y nuevamente, aunque la localización de información sobre
los bancos de la época es crucial para determinar las diferencias
de calidad, y por ende las diferentes etapas constructivas, mientras no
sea posible contar con dicha información no podemos sino atenernos
a documentos que de una u otra forma nos han proporcionado alguna pista.
Por ejemplo, tres hechos podrían tener alguna relevancia: hacia
1837 Don Carlos María Bustamante señalaba que la ciudad de
Aguascalientes se encontraba "...sobre un suelo firmísimo, cubierto
á mas ó menos profundidad de una capa espesa de tepetate,
lo que proporciona tal solidez local á los edificios, que aun aquellos
que no se les ha procurado por el arte se conservan en buen estado no obstante
su antigüedad"; sin embargo, más adelante, refiriéndose
a la cantera ornamental de las construcciones de
Aguascalientes, se quejaba de que "... en las nuevas
fábricas, se encuentran algunos de estos adornos destruidos por
la sola influencia de las lluvias, [lo cual] ha sido por el descuido que
en los años anteriores tuvo la policia, de impedir el uso de esa
nueva clase de cantera jabonosa, en que degenera el mineral á cierta
profundidad".
El segundo hecho fue la explosión
del polvorín, un edificio de la antigua calle de Tacuba (hoy 5 de
Mayo) en el que se guardaban las municiones de los regimientos españoles
acantonados en la villa en tiempos de la guerra de independencia, en diciembre
12 del año de 1810. Los relatos de la época refieren que
el estallido causó gran estrago e, incluso, dióse el caso
de que "estampáronse los cuerpos de algunos en las paredes, llegando
hasta cerca del convento de dieguinos"; el edificio donde se ubicaba el
polvorín casi fue arrancado desde sus cimientos, la quinta parte
de la manzana voló en pedazos "y lo mismo sucedió con la
acera de enfrente". La mayor parte de los edificios y "...hasta los suburbios
sufrieron más o menos". El último de los acontecimientos
fue causado por una nueva explosión: "la friolera de 50 arrobas
de pólvora [equivalentes a 575 kilos] propiedad de Bruno García",que
tuvo lugar por la antigua calle de Igualdad, hoy Plan de Ayutla, relativamente
cerca del Parián (en la antigua Plaza de San Diego), en mayo de
1891. No es pues improbable que estos estallidos hayan tenido algún
efecto en la cúpula y quizá en las piedras que la formaban,
dada su calidad inferior, lo que las hacía más vulnerables
a degradaciones o desbastados, acelerados por agentes extraños a
su propia composición, de por sí inconsistente.
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