LA CONSTRUCCION
  
El Patrono
El Constructor
La Obra
 
 
 
En la región, por razones históricas que no nos atañe reseñar, desde el siglo XVI dos fueron las devociones más favorecidas y en honor de las cuales fueron fundadas villas españolas y levantado templos monumentales: la de la Inmaculada Concepción y la de la Asunción. Tanto la Villa de Aguascalientes como la de Santa María de los Lagos erigieron sus respectivas parroquias a la advocación mariana de la Asunción, mientras que la Villa de San Juan de los Lagos lo hacía a la advocación de la Inmaculada, que no sólo fue venerada por el clero diocesano, sino muy señaladamente por el clero regular y particularmente por los franciscanos. Algunos conventos o capillas de haciendas de la región tenían como patrona precisamente a ésta última (por ejemplo, el Templo de la Hacienda de Ciénega de Mata). Incluso hasta podría hablarse de cierta "competencia" entre las devociones por parte de ambos cleros, en términos de la primacía de una u otra advocación mariana.   
Aquella religiosidad pietista de la que hablábamos líneas arriba caló hondo, pues, entre los espíritus de los piadosos hombres de la pequeña Villa de Aguascalientes. Así lo atestiguan los diversos recintos para las devociones dieciochescas que desde entonces engalanaron la ciudad: la Parroquia dedicada a la Virgen de la Asunción, el Templo de San Marcos, el Santuario de Guadalupe, el Templo de San José, el del Señor del Encino, el del Rosario y el de San Juan Nepomuceno, todos del siglo XVIII. Y desde luego, el grupo integrado por el Templo y Convento de San Diego y la Iglesia de Tercera Orden. Gracias a la especial devoción de Don Juan Francisco Calera por la Purísima Concepción, fue posible la erección del Camarín de la Virgen, sin duda uno de los más hermosos  monumentos dieciochescos  por la belleza de sus formas y sus proporciones, y por su inusual disposición en planta, que lo hace único no sólo en la región sino en todo el país. 
 ¿Quién era Juan Francisco Calera?, ¿qué circunstancias lo llevaron a donar una obra tan onerosa?, de dónde provino su fortuna? Son todavía insuficientes los datos sobre este personaje, pero son lo bastante justos como para reconstruir su circunstancia personal e insertarla dentro de procesos más generales de la sociedad novohispana del siglo XVIII, fundamentalmente dos: el fenómeno del patronazgo de obras pías, y el de la formación de una burguesía comercial de origen peninsular en la Nueva España. En efecto, Juan Francisco Calera no sólo era síndico del Convento de San Diego y patrón material del Camarín de la Virgen, sino comerciante peninsular y más tarde capitán y teniente coronel de las milicias de Dragones de la Nueva Galicia. Con toda probabilidad fue un personaje de algún  caudal en la Villa de Aguascalientes. ¿Cómo fue su proceso?  Recurramos a D. Brading, a quien retomamos con amplitud en estos párrafos y quien nos proporciona un marco adecuado para ello: 
 Los siglos XVII y XVIII, como ya habíamos tenido ocasión de apuntar, son los siglos del encumbramiento de un nuevo tipo de ser social: el "burgués novohispano", si bien Brading observa que en realidad "no existía un sistema de clases claramente definido". Dejando por ahora la discusión de si la élite comercial, la jerarquía católica y los mineros constituían en rigor una clase social, lo cierto es que había una "mal definida" clase alta formada "enteramente" por españoles, reconocida por su riqueza, por su ocupación, privilegios de sangre, educación y costumbres españolas. Para Brading,  conformaban una élite aunque un tanto inestable como grupo, al grado que, en palabras de Lucas Alamán -citado por el autor- cuando la riqueza fenecía el individuo "volvía a caer en la clase común..." La mayoría de los españoles peninsulares residentes en la Colonia pertenecían a esta élite, y de entre éstos, los más numerosos eran los comerciantes, que llegaron a gozar de un prestigio social igual al de los hacendados, al nivel tal de alcanzar a ser "sujetos de crédito" para la compra de títulos nobiliarios. Sus actitudes, decía el Virrey Marqués de Mancera (citado por Brading), "...se acercan mucho a la nobleza, afectando su porte y tratamiento (...) puede suponerse que en estas provincias por la mayor parte el caballero es mercader y el mercader es caballero".  
 Muchos de ellos comenzaron a trabajar como aprendices de comerciantes o como cajeros (denominación común por aquellos días), y la mayoría eran inmigrantes que venían de las montañas del norte de España, sobre todo en el siglo XVIII, de lugares como la Cantabria, de Navarra, Asturias, montañas de Burgos y Galicia. En este siglo pronto se formaron dos grandes grupos de inmigrantes: los vascos y los montañeses de Santander. Lo curioso es que eran campesinos empobrecidos que probaron fortuna primero en Castilla y más tarde allende los mares, y que ostentaban una característica peculiar: su lealtad al terruño, acentuada por su propensión a mostrar una particular devoción religiosa o caritativa. Ambos grupos, dice Brading, tenían pretensiones nobiliarias y pasión genealógica, y parece ser que en el norte de España, y en Guipúzcoa particularmente, "todo el mundo era hidalgo". Concluye el autor: "no eran en muchos casos más que campesinos cuya pobreza empujaba a sus hijos a la emigración en busca de fortuna". Pero en la Nueva España la incertidumbre del origen desaparecía, ya que aquí los españoles eran considerados hidalgos por regla general y además, como conquistadores, reclamaban una posición superior. A todos los gachupines, decía Ajofrín, citado por Brading, "...se les da de don y se les trata con gran respeto, teniéndose por nobles, sea de la clase que quiera, pues sólo ser europeo basta"  
 Una vez instalados en la Nueva España, estos hijosdalgo comenzaban como aprendices o cajeros en los establecimientos de parientes, frecuentemente sus tíos o algún paisano de su mismo valle o provincia, y vivían bajo un sistema "casi monástico", lo que iba muy a tono con sus profundas convicciones, ya que "viéndose en un medio irresponsable en el que abundan los borrachos y la pereza, los inmigrantes fortalecían la conciencia de su superioridad mediante su profunda devoción religiosa  y con la consolidación de sus fortunas". Puede argüírse que dos factores clave originaron el éxito de estos individuos: el comercio y el matrimonio; así, al cabo de su aprendizaje, su patrón -que era su pariente- los convertía en socios o establecían su propio negocio con capital de aquél o con mercancías a crédito, otorgadas por el propio pariente; asimismo, tenían "preferencias" en el "mercado del matrimonio", ya que los patrones casaban a sus hijas con los sobrinos venidos de España para así continuar con el negocio, o las viudas de aquéllos se casaban con éstos últimos para el mismo fin. Esto daba a esta élite un carácter mercantil y empresarial semihereditario y prácticamente endógamo. De hecho, "...la inclinación de las criollas a casarse con peninsulares explica parcialmente la frecuencia del éxito económico del inmigrante" (hasta aquí, Brading). 
 Juan Francisco Calera era hijo de Don Juan Calera y de Doña Lucía de Obregón y Arce. Al momento presente aún no hemos podido encontrar documento alguno del origen preciso de esta familia, pero es muy probable que efectivamente tuviera sus antecedentes en una familia norteña, dado que uno de los primos de Don Juan Francisco, llamado Tirso Antonio Calera, era natural y vecino del lugar de Sano, en el Valle de Carriedo,  montañas de Burgos, Obispado de Santander, Reino de Castilla La Vieja. La primera noticia directa que disponemos de este personaje, del Fondo de Protocolos Notariales, lo ubica en el año de 1780 como "vecino y del comercio" de la Villa de Aguascalientes, en la que mediante escritura "da todo su poder cumplido, vastante" al Lic. Don Félix Vicente de Silva, abogado de la Real Audiencia (suponemos que de Guadalajara), para todos sus "pleitos causas, y negocios, civiles, eclesiásticos y seculares". Lo anterior nos conduce a pensar que ya para entonces nuestro personaje estaba perfectamente establecido en la ciudad y que con toda seguridad se trataba de un individuo de alguna importancia, a juzgar por el contenido del poder especial otorgado en aquella escritura y por otra que otorgó en el mismo año  a Don Juan Antonio Gómez como representante suyo en la Ciudad de México. 
 Juan Francisco era hermano de Pedro Manuel Calera, importante comerciante y en algún momento administrador de alcabalas de la villa hacia 1768, de quien tenemos noticia en el Archivo Histórico desde el año de 1764. La información que proporciona el Fondo de Protocolos Notariales del Archivo Histórico del Estado de Aguascalientes para estos dos personajes no nos deja lugar a dudas de su relativa importancia dentro del comercio de la villa y del valor de sus respectivos caudales, que con toda seguridad fueron en crecimiento a juzgar por las múltiples operaciones de compra-venta de inmuebles y otros rubros. No estamos en condiciones de afirmar todavía si los hermanos Calera fueron de aquellos comerciantes venidos a la Nueva España a probar fortuna, pero en todo caso podemos tener por cierto su origen peninsular, dado que en la escritura de poder que otorgó a su primo Tirso Antonio Calera, Juan Francisco le solicita a éste "pida, y haga sus Informaciones de Hidalguia, y Nobleza". Cómo y cuándo llegaron a la Colonia y a la Villa de Aguascalientes es cosa que todavía desconocemos. Tenemos que partir del hecho de su establecimiento en la ciudad y de que sus negocios les habrían reportado suficientes ganancias como para alcanzar una fortuna de alguna importancia, aunque todavía no tenemos elementos para saber si la fortuna de Juan Francisco podía ubicarse entre las 12 más dilatadas que por el año de 1789 consignaba José Menéndez Valdés para el caso de la villa de Aguascalientes. Con seguridad, el caudal y la influencia de nuestro personaje tuvieron que ver en su  nombramiento como Síndico del Convento de San Diego, del que ya fungía como tal por lo menos desde 1792.   
 De la devoción tan profunda de Juan Francisco por la Inmaculada nos da cuenta su donación para la construcción del "suntuoso" Camarín en la parte posterior del presbiterio del Templo de San Diego. Sobre la autoría del patrocinio material no puede existir ya duda alguna: la obra fue debida a la generosidad del personaje, como lo prueba la siguiente cita: 
"Que por la grande Devocion, y crecido afecto que ha tenido siempre a Maria SSma en su Inmaculada Consepcion le ha construido a expensas de su caudal a esta Soberana Reyna un magnifico Camarín en el Combento de Religiosos Descalzos de San Diego en esta Villa..."  
 Al respecto, Ochoa recoge una información de documentos del archivo conventual de San Diego de Aguascalientes, de fecha 5 de julio de 1799, y de la sala Capitular de San Diego de México, de mayo 24 del mismo año, que recogemos ampliamente:  
"Por cuanto la grande y devota generosidad de Vmd. ha construido dentro de los muros del mismo Convento un magnífico Camarín desde sus cimientos, no tan sólamente de su propio peculio, sino también de su personal asistencia, dirección y cuidado y ha verificado su completo adorno para todo lo cual ha erogado más de treinta mil pesos sin permitir se colectase ni un medio real de limosna y para satisfacer Vmd. los abrasados deseos de su fervorosa devoción ha fabricado de rico y vistoso alabastro el ciprés de su Nicho, de sus frentes en la una existe el tabernáculo del Santísimo Señor Sacramentado de la Iglesia del referido Convento en beneficio de cuyo lustre honor y utilidad Vmd. se ha servido manifestarse siempre sumamente apasionado; Por tanto, concediendo con la piadosa solicitud de Ud. le declaramos y nombramos en quanto se extienden todas nuestras facultades y de derecho podemos, por Patrono único y legítimo y a sus desendientes del citado Camarín y que como tal patrono pueda poner en él su Estatua, el Escudo de sus armas y silla para su asiento. Así mismo que la Sagrada Imagen de la Purísima Concepción, se haya de voltear acia el Camarín (proporcionando la comodidad para ello) al tiempo de celebrarse Misa que la devoción de Vmd. ha dotado para todos los Sábados y para las Cuatro festividades principales de la Soberana Reyna con tal que no este expuesto el Divinísimo Señor Sacramentado o se haya de selebrar Missa conventual, sin que pueda estorbarlo Religioso alguno Subdito prelado inferior a Nos". 
 Otras prerrogativas fueron concedidas a Calera: sepultura a él y su esposa "si Vmd. tubiere a bien contraer matrimonio", y misa de Réquiem para después de sus días.  Y en fin, en uno de los cintillos por debajo de la majestuosa cúpula, en el entablamento cilíndrico soportado por las columnas, se lee: 
"EL DIA 2 DE SEPTIEMBRE DEL AÑO DE 1792 SE DIO PRINCIPIO A LA FABRICA DE ESTE CAMARIN  QUE SE CONSTRUIO A ESPENSAS DEL CAUDAL DEL CAP. DON JUN FRANCISo. CALERA SINDICO DE ESTE COMBENTO QUIEN LO DEDICO A LA PURISIMA YMMACULADA CONCEPCION DE MARIA SANTISIMA SEÑORA NUESTRA Y SE CONCLUIO EL MES DE ABRIL DE 1797". 
 Y sobre la puerta principal que comunica al Camarín con el actual convento puede leerse: 
"Bendijo este Camarín, el Yllmo. S. D. D. Juan , Cruz, Ruiz, Cabañas. Dmo. obpo. de Guad. en 5 de Enero de 1799". 
 Sobre la otra puerta, contraria a la anterior, se lee también: 
"Y Celebró la primera Misa, en ella, ords. mens. y de Epista. en un individo. el siguiente día 6 de Enero de 1799". 
Inscripciones que revelan sin género de duda la personalidad del donador y benefactor material, así como el patronazgo del Monumento, propio de la piedad barroca. 
Hasta hoy sigue siendo polémica la autoría de la construcción del Camarín. Fuera de le evidencia incontestable del maestro alarife Santiago Medina como autor material, según la inscripción que se encuentra en uno de los pilares del pasillo que separa  al Monumento de las instalaciones del actual convento, se ha atribuido tradicionalmente -más bien literariamente, sin fuente histórica alguna-  la autoría intelectual a Francisco Eduardo Tresguerras y a Manuel Tolsá, por igual. Como creemos haber demostrado -a menos que por autoría intelectual se entienda la influencia que el primero pudo haber tenido sobre Santiago Medina-, esas informaciones son inexactas. En estas líneas procuraremos ofrecer elementos para reivindicar la figura del modesto artífice, a quien no escatimamos su intervención en el diseño -y no sólo la construcción- de dicho Monumento.   
El diseño general del edificio se ciñe a los modelos de la arquitectura clásica y su solución a las normas de composición regidas por trazos de proporcionamiento armónico, a juzgar por la belleza de sus proporciones y la claridad con que los diversos elementos arquitectónicos se disponen en el espacio. De hecho, la planta del edificio sigue el mismo patrón proporcional y el mismo perfil interior del Panteón de Roma, salvo por las adecuaciones necesarias por la función distinta que el Camarín desempeñaba, y por sus diferentes dimensiones. Esto no era de extrañar entre los artesanos y artistas de los siglos XVI, XVII y XVIII, quienes, ante la imposibilidad de conocer sus modelos en el sitio de su ubicación, recurrían a los grabados que llegaban de Europa en las ediciones que circulaban con alguna profusión por aquel entonces. Ello no demeritaba en modo alguno el trabajo de los artífices locales, por el contrario lo realzaba, dado que aquí se infundía al diseño las propias aspiraciones, anhelos e inventiva de sus creadores. Y ahí queda el barroco estípite como primer ejemplo. Desde luego no era improbable, como lo argumentaremos en otro apartado, que Santiago Medina conociera los tratados de Serlio y que en ellos haya visto plasmados los planos del Panteón Romano, inspirándose en los mismos para la construcción del "suntuoso Camarín" de la Inmaculada. Por lo demás, como se ha dicho, la época era muy propicia en cuanto al rescate de las tradiciones clásicas, incluso entre los mismos maestros alarifes.  
 Sin embargo,  hemos constatado que en el Camarín coexisten armónicamente elementos barrocos junto a los patrones geométricos de la arquitectura académica, que señalamos obedecen a la hipotética  ambivalencia de la formación de Santiago Medina, a la imposición de Juan Francisco Calera, dadas sus devociones pietistas y plenamente barrocas, o a ambas cosas. El diseño clásico, reiteramos, se explica por la entronización de la ideología regalista y racional  promovida por las Reformas Borbónicas, mientras que el ornato barroco presente en algunos elementos nos habla del concepto patrimonialista ligado a la Iglesia. Así, los accesos al Camarín presentan portadas de pleno movimiento, y no sólo por el perfil circular del edificio, sino por su propio impulso, retorciéndose voluptuosa la cantera, denotando un excelente trabajo en su labrado. Dichas portadas presentan rasgos asociados al barroco estípite, como por ejemplo las guardemalletas de los apoyos, los roleos a la manera de rocallas, las pilastras estípites en las que se acusa el círculo apendicular muy propio de la arquitectura de Felipe de Ureña; en fin, un trabajo refinado que sin embargo contrasta con el de otros elementos del interior del Camarín, en donde la piedra acusa cierto labrado tosco pero efectista, que denota con alguna seguridad la presencia de varios canteros bajo la dirección de Santiago Medina. Nos referimos particularmente a las ménsulas que soportan las basas de  las  columnas. En   dichas  columnas,   incluso,   se  observan  diferentes  trabajos -probablemente a destajo-, evidenciados por las distintas dimensiones de las piezas que conforman los fustes. Lo mismo podría decirse de las guirnaldas que adornan los capiteles y el entablamento, cuya talla presenta desigualdades difícilmente aceptables para la racionalidad técnica de los académicos.  Lo anterior no demerita en modo alguno el excelente resultado de conjunto del monumento, cuyo secreto estriba en la belleza de sus proporciones.  
 LLama la atención un par de estípites que enmarcan la ventana que mira hacia el norte. Son de claro diseño "ureñano", lo cual se evidencia nuevamente por la presencia del círculo apendicular  y  cierto  carácter  "delineado",  dibujístico -en todo caso antinaturalista- de su perfil. Sobre las puertas de ingreso, por el interior del Camarín, se observan sendas veneras casi en forma de nicho que delatan su procedencia barroca. El resto de la decoración es de clara filiación neoclásica o bien con rasgos acentuados provenientes de la arquitectura de Lagos de Moreno, salvo por los retablos barrocos que alojan a la parentela cercana a Jesús, cuyo diseño recuerda ciertos parámetros pertenecientes al neóstilo, al descubrirse dos rasgos esenciales de esta modalidad: el fuste liso de las columnillas que enmarcan los cuerpos de diseño clasicista, y los elementos entre ellas, que remiten a ciertas soluciones interestípite  que a su vez sugieren la persistencia de los códigos de la arquitectura "posbalbasiana", fundamental en la atribución de las obras neóstilas. 
 Asimismo, como ya habíamos tenido ocasión de apuntar, la linternilla es de diseño netamente neoclásico, ornada con pináculos perimetrales y una balaustrada bien proporcionada, aun cuando el  remate superior acuse cierto barroquismo en las "costillas", terminadas con roleos en sus extremos. El contorno mismo del cupulín de la linternilla sugiere una solución igualmente barroca, ya que se delinea a partir del arco llamado conopial. La majestuosa cúpula, en cambio, evidencia un perfil y diseño enteramente racional por cuanto parece obedecer a un trazo geométrico perfectamente definido y a cálculos precisos. 
 Con todo, nos guardamos de considerar al monumento como neóstilo sin más. Según María Cristina Montoya, el neóstilo, como "último intento de supervivencia del barroco", orienta su espíritu hacia "directrices más dinámicas",   aunque   -y   he   aquí   la   paradoja-,    dentro    de    los límites  de  la    órbita barroca, particularmente de la arquitectura "posbalbasiana" o "posureñana". Manrique sostiene que su apogeo se da en dos momentos: entre 1770-75 y 1790-95. Las portadas neóstilas se carecterizan por presentar "...columnas o a veces, pilastras clásicas de fuste liso o estriado", sin embargo, son barrocas porque "casi nunca cumplen totalmente su función sustentante y cuando lo hacen no van seguidas de todos los elementos de un entablamento". Según la misma autora, las "contadas excepciones" de plantas y estructuras no inmóviles se dieron en la etapa que ella denomina "ultrabarroca", siendo por el neóstilo que se introdujo una importante novedad: "al mover las plantas y alzados, se crearon diferentes ambientes arquitectónicos donde se consiguieron efectos de iluminación y movimiento nunca antes vistos". El Camarín de San Diego podría ser uno de esos edificios, aunque, insistimos, no nos resolvemos totalmente por considerarlo neóstilo, dadas sus extraordinarias peculiaridades. 
El exterior presenta sólidos y robustos contrafuertes para contrarrestar el empuje de la grandiosa cúpula; en su cuerpo bajo sobresalen generosas claraboyas para permitir la iluminación a ese nivel, mientras que la linternilla presenta vanos de trazo muy clásico por los que se filtra la luz al interior de la cúpula. Bajo el nivel del Camarín se localiza la cripta o "catacumbas" que han dado fama al edificio y, a su vez, bajo el nivel de la cripta, por informaciones de los frailes sabemos que existe un antiguo cementerio, actualmente cegado.  
 Se han logrado identificar tres etapas constructivas en el desarrollo de la edificación del Camarín. La primera corresponde a la construcción de las gelerías subterráneas del cementerio y la cripta, obra que habría sido terminada hacia  1768-69, según informaciones de Topete del Valle, lo que apuntala nuestra hipótesis general de la procedencia barroca original del recinto. En la cripta se hicieron modificaciones -fundamentalmente en la decoración- en agosto de 1954, según consta en una inscripción que se localiza encima del arco apuntado del acceso desde el actual convento. 
 La segunda etapa constructiva corresponde a  la edificación de la estructura portante de muros y contrafuertes, que debieron haberse levantado entre 1792 y 1794, a juzgar por una inscripción localizada en el dintel de la puerta de la escalera de caracol que sube al deambulatorio superior, y en la que sólo se consignan tales años sin más dato alguno, pero que es indicativa de que para entonces ya se contaba con este primer cuerpo del edificio. Por su estado de conservación y por análisis preliminares que se han hecho en los muros y contrafuertes, puede afirmarse que la piedra utilizada en ellos es de bastante buena calidad, dado que al momento la estructura no presenta ningún deterioro de importancia; desafortunadamente no se localizaron indicaciones de los bancos de material de los cuales se extrajo dicha piedra. 
 La tercera etapa constructiva correspondería a la fábrica de la cúpula y presumiblemente ocurriría entre 1794 y 1795, a juzgar por una nota del  Guardián  del Convento de aquella época,  que a la letra dice: 
"En quatro de Agosto de 1795 sepuso la cruz del simborrio en el Camarín q esta haciendo asu costa sin alluda del convto. ni otra alguna persona, Dn Juan Franco Calera, Capitan y Sindico de este convto. a quien concedió el Rdo Definitorio por sus letras Patentes, como a Patrono segun las leyes de Castilla, entierro para sí, susesores, y parientes colaterales". 
 Por evidencia de la composición de la piedra utilizada en la cúpula, podría afirmarse que ésta era inferior en calidad a la piedra usada en muros y contrafuertes. Y nuevamente, aunque la localización de información sobre los bancos de la época es crucial para determinar las diferencias de calidad, y por ende las diferentes etapas constructivas, mientras no sea posible contar con dicha información no podemos sino atenernos a documentos que de una u otra forma nos han proporcionado alguna pista. Por ejemplo, tres hechos podrían tener alguna relevancia: hacia 1837 Don Carlos María Bustamante señalaba que la ciudad de Aguascalientes se encontraba "...sobre un suelo firmísimo, cubierto á mas ó menos profundidad de una capa espesa de tepetate, lo que proporciona tal solidez local á los edificios, que aun aquellos que no se les ha procurado por el arte se conservan en buen estado no obstante su antigüedad"; sin embargo, más adelante, refiriéndose a la cantera ornamental  de  las  construcciones  de  Aguascalientes,  se  quejaba  de  que "... en las nuevas fábricas, se encuentran algunos de estos adornos destruidos por la sola influencia de las lluvias, [lo cual] ha sido por el descuido que en los años anteriores tuvo la policia, de impedir el uso de esa nueva clase de cantera jabonosa, en que degenera el mineral á cierta profundidad".  
 El segundo hecho fue la explosión del polvorín, un edificio de la antigua calle de Tacuba (hoy 5 de Mayo) en el que se guardaban las municiones de los regimientos españoles acantonados en la villa en tiempos de la guerra de independencia, en diciembre 12 del año de 1810. Los relatos de la época refieren que el estallido causó gran estrago e, incluso, dióse el caso de que "estampáronse los cuerpos de algunos en las paredes, llegando hasta cerca del convento de dieguinos"; el edificio donde se ubicaba el polvorín casi fue arrancado desde sus cimientos, la quinta parte de la manzana voló en pedazos "y lo mismo sucedió con la acera de enfrente". La mayor parte de los edificios y "...hasta los suburbios sufrieron más o menos". El último de los acontecimientos fue causado por una nueva explosión: "la friolera de 50 arrobas de pólvora [equivalentes a 575 kilos] propiedad de Bruno García",que tuvo lugar por la antigua calle de Igualdad, hoy Plan de Ayutla, relativamente cerca del Parián (en la antigua Plaza de San Diego), en mayo de 1891. No es pues improbable que estos estallidos hayan tenido algún efecto en la cúpula y quizá en las piedras que la formaban, dada su calidad inferior, lo que las hacía más vulnerables a degradaciones o desbastados, acelerados por agentes extraños a su propia composición, de por sí inconsistente. 
 
 
 
  



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El Camarín de San Diego y su geometría simbólica  es resultado del esfuerzo que sobre investigación realiza la Universidad Autónoma de Aguascalientes a través del Centro de Ciencias del Diseño y la Construcción. 
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